
En el confín atlántico donde la plataforma continental argentina despliega su mayor fertilidad, la defensa de los intereses nacionales no adopta la forma de un gesto grandilocuente, sino la de una rutina técnica, meticulosa y sostenida. Desde hace años —y en marcado in crescendo— la riqueza ictícola del Mar Argentino se ve favorecida por una combinación de factores oceanográficos: corrientes marinas, disponibilidad de fitoplancton y una cadena trófica que se consolida en aguas de hasta 220 metros de profundidad. Esa abundancia, tan estratégica como vulnerable, atrae de manera creciente a flotas de pesca distantes que operan al borde externo de la Zona Económica Exclusiva Argentina (ZEEA), en el límite de la milla 200. Ayer, en esa franja crítica, se contabilizó una concentración cercana a los 360 buques.
Sin embargo, el volumen de esa presencia no siempre encuentra correlato en la comprensión pública del esfuerzo que demanda su vigilancia. En buena medida por desconocimiento —y en parte también por la propia naturaleza de la función— la opinión pública suele construir miradas controvertidas acerca de lo que ocurre en el borde de la jurisdicción argentina. En ese espacio donde la legalidad internacional permite operar fuera de la ZEEA, pero donde cualquier vulneración de límites puede traducirse en pérdida de recursos, el Estado despliega una arquitectura de control que no se define por la exposición mediática, sino por la eficacia, la eficiencia.

Esa arquitectura tiene un nombre operativo, el Comando Conjunto Marítimo (COCM), dependiente del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, e integrado por dos organismos con responsabilidades complementarias, la Armada Argentina y la Prefectura Naval Argentina. En términos concretos, se trata de una estructura concebida para materializar una defensa indeclinable de la soberanía y del patrimonio natural, mediante vigilancia persistente, alerta estratégica y control del cumplimiento del marco legal vigente, incluyendo las Áreas Marinas Protegidas. La particularidad —y aquí radica una de las claves de la confusión social— es que ni la defensa ni la seguridad se rigen por la lógica de “publicar” cada una de las tantas operaciones que se desarrollan a diario. En el mar, como en cualquier frontera, la discreción es parte del deber.
Un vuelo sobre el límite: tecnología, coordinación y oficio
En ese contexto, ayer 7 de enero de 2026, la Armada Argentina invitó a presenciar una de las tantas operaciones de control sobre la milla 200 al Subsecretario de Recursos Acuáticos y Pesca de la Nación, Juan Antonio López Cazorla, y al varias veces presidente de la Cámara de Armadores de Poteros de Argentina (CAPA), Juan Redini. A los efectos de contar en primera persona lo observado, PESCARE tomó conocimiento de la incursión y se comunicó con Redini apenas finalizada la actividad, ya de regreso en el Aeropuerto Internacional de Trelew Almirante Marcos A. Zar, tras una misión de aproximadamente cuatro horas, recorriendo el derrotero del límite de la milla 200 de sur a norte, donde se concentra el grueso de la flota extranjera que opera aguas afuera del límite argentino.
La operación se materializó mediante un Vuelo de Control de los Espacios Marítimos (VCEM) a bordo de una aeronave Lockheed P-3C Orion —plataforma de búsqueda y rescate, reconocimiento marítimo y patrullaje—, bajo el comando operacional del COCM y dentro del marco de la Operación Mare Nostrum VII, con participación simultánea del patrullero oceánico ARA “Contraalmirante Cordero”.
El Vuelo de Control de los Espacios Marítimos (VCEM) es una operación aérea específicamente orientada a vigilar, reconocer y verificar la actividad en áreas marítimas de interés estratégico, en particular en las proximidades del límite externo de la Zona Económica Exclusiva Argentina (ZEEA). Su finalidad principal es construir conocimiento situacional mediante la detección, identificación y seguimiento de unidades de superficie —pesqueros, mercantes, reefers y buques nodriza de combustible u otras embarcaciones destacadas a la actividad— a través de percepción visual, sensores de a bordo (radar, sistemas ópticos y otros equipos), y el contraste de esa información con datos declarativos provistos por sistemas como el AIS y cartografía que marca el límite de la ZEEA. Este tipo de vuelo permite documentar patrones de comportamiento, advertir inconsistencias, sostener la alerta temprana y fortalecer la coordinación con unidades navales desplegadas, contribuyendo así al ejercicio efectivo de los derechos soberanos, a la protección de los recursos y al control del marco legal vigente.
Operación Mare Nostrum VII
La Operación Mare Nostrum VII constituye el marco operacional dentro del cual se planifican y ejecutan acciones de vigilancia y control en los espacios marítimos bajo responsabilidad argentina, con foco en la protección de los recursos naturales, el monitoreo de la actividad en las áreas adyacentes a la ZEEA y el sostenimiento de la alerta estratégica. Bajo el comando operacional del Comando Conjunto Marítimo —dependiente del Estado Mayor Conjunto—, la operación articula medios aéreos y navales y promueve la interoperabilidad entre los componentes involucrados, en particular la Armada Argentina y la Prefectura Naval Argentina. En términos prácticos, implica una presencia planificada y persistente que combina patrullaje, vigilancia y enlace operativo, con el propósito de disuadir conductas infractoras, robustecer la respuesta ante incidentes y consolidar un esquema de control que privilegia la continuidad y la eficacia por sobre la exposición pública.
La “milla 200”, frontera operativa
Redini describió la experiencia con un tono inequívocamente convencido respecto del trabajo que se realiza “en silencio” y con un profesionalismo asentado en el oficio, hacer una tarea crítica, repetidas veces, con el mismo estándar. “Es increíble, hay que ver su trabajo para saber de qué se trata la milla 201”, relató. Y precisó lo que domina el paisaje marítimo fuera de la jurisdicción: “Una cantidad inmensa de buques poteros de todas nacionalidades asiáticas, de bandera china, coreana y taiwanesa en su mayoría. Pero también llama la atención la cantidad de buques arrastreros de gran porte que van y vienen en tareas propias de pesca al margen externo de la milla 200. La mayoría de bandera española, pero hay también chinos y de otras banderas”.
Consultado sobre lo más impactante de la travesía, puso el foco en un aspecto menos visible que la magnitud de la flota, la organización y la coordinación operativa. “El desconocimiento que tenemos la ciudadanía del enorme trabajo que realiza la gente del Comando Conjunto Marítimo. El grado de profesionalismo de cada participante dentro del avión en cada uno de sus puestos de trabajo y la comunicación permanente que tienen con el buque patrullero, en este caso el Contraalmirante Cordero”, señaló, en referencia al patrullero oceánico ARA “Contraalmirante Cordero” (clase OPV-87), incorporado como parte del dispositivo de control y presente en la zona en tareas de patrulla y enlace.
En un mar donde la información es un recurso estratégico, la coordinación aire-mar opera como multiplicador, patrullaje naval, vigilancia aérea y enlace operativo para responder con rapidez ante cualquier señal de alerta. Se trata de un trabajo de precisión, que depende tanto de la tecnología incorporada como de la pericia humana para interpretar datos, reconocer conductas y sostener el control en un escenario dinámico.
Como hecho anecdótico, ya en el tramo de regreso y a unas 40 millas náuticas de la milla 200 —dentro de la ZEEA— se observó una incongruencia entre lo detectado en el radar y lo informado por AIS. Se trataba de un buque congelador de gran porte de bandera argentina, al que se sobrevoló y con el que se tomó contacto radial. Desde el buque se aclaró que registraban un inconveniente técnico en su AIS, ya informado a la Autoridad Marítima, y que se trabajaba para solucionarlo. El episodio dejó una conclusión operativa, todo lo que se desplaza en esas aguas —propio o ajeno— es advertido, verificado y registrado.
“Sin dudarlo”, continuó Redini al ser consultado por su impresión general, “el grado de desinformación que tiene la opinión pública y la actividad pesquera sobre la inmensa labor que se desarrolla en este sector del mar argentino; el profesionalismo, el ámbito de extremo respeto, idoneidad y conocimiento de cada buque pesquero extranjero que tienen nuestras fuerzas de vigilancia y patrullaje; la conectividad y el trabajo en equipo integrado entre Armada Argentina y Prefectura Naval Argentina, pero sobre todo la organización en tierra, aire y mar. Es sin dudas una experiencia inolvidable”.
Por último, consultado sobre qué le había llamado más la atención —más allá de los aspectos operativos—, señaló: “La cantidad de arrastreros de enorme porte que se encuentran trabajando en la zona y, especialmente, el tamaño y la relativa antigüedad de los buques poteros, muchos de ellos sorprendentemente nuevos”.
Durante el vuelo, mediante los equipos de detección de la aeronave 6-P-57, se controló la actividad de más de 360 buques de terceras banderas que continúan la zafra en la zona adyacente a la ZEEA. En términos estratégicos, la escena de la “milla 201” condensa una tensión permanente, la atracción global por recursos de alto valor, el límite jurídico de la jurisdicción y la obligación del Estado de ejercer sus derechos soberanos, proteger el ambiente y resguardar una riqueza que no es abstracta, sino concreta y finita.
Por último Redini informó que «durante el vuelo, estuvimos acompañados por el Capitán de Fragata Aviador Naval Christian Gensón del COCM y 14 tripulantes, de los cuales destacó al piloto, Capitán de Fragata Darío Proni Maiolini, Comandante de la Escuadrilla Aeronaval de Exploración (EA6E), dependiente del Comando de la Aviación Naval de la Armada Argentina.»
En ese equilibrio, la Armada Argentina —en coordinación con la Prefectura Naval Argentina— despliega una labor silenciosa, sostenida y esencial: patrullar, observar, registrar, alertar. Una tarea que rara vez se exhibe con la espectacularidad de otros acontecimientos, pero que sostiene, día a día, la forma más concreta de soberanía: la que se ejerce, se protege y se demuestra con presencia efectiva en el mar.